11. María Soledad Córdoba

 

Publicado 14/08/2018


 

Los agronegocios y la construcción de redes como tecnología de poder

María Soledad Córdoba*

 

 

 

La relevancia de la organización reticular del modelo de agronegocios es destacada, aun desde perspectivas divergentes, por numerosos trabajos académicos. La conexión entre los actores se verifica tanto en la organización productiva que lleva adelante el nuevo agroempresario (red de contratos), en la construcción de una identidad colectiva con un proyecto socioeconómico que interpela a la sociedad en su conjunto (redes sectoriales), como en el mecanismo a partir del cual se desarrollan “acciones de intervención territorial” (redes extrasectoriales). Las conexiones estructurales entre actores del sector agrario pueden a su vez ordenarse en cinco categorías: las gremiales que agrupan productores agropecuarios a título individual o nucleados en cooperativas; las asociaciones por producto, conformadas actores que son parte de una cadena agroindustrial; las asociaciones técnicas, que nuclean los actores que se dedican a desarrollar mejoras técnicas y la divulgación de las mismas; las asociaciones estratégicas que son representaciones pluricategoriales que atraviesan los grupos antes mencionados y que son funcionales a la construcción de un posicionamiento colectivo en el diálogo con otros actores, incluyendo al Estado; y las asociaciones de divulgación y promoción, abocadas a la divulgación de información y conocimientos, se conectan con actores extraagrarios (ciudadanos en general, profesionales del área agrotécnica, periodistas, docentes, alumnos de escuelas, etc.) desde un punto de vista comunicacional. Por su parte, las conexiones estructurales entre actores del sector y actores extrasectoriales (como instituciones públicas, entidades bancarias, organizaciones de la sociedad civil, entidades religiosas, etc.) poseen interlocutores extremadamente diversificados. Dentro de este grupo se identifican a su vez tres categorías: las asociaciones de tipo solidarias, que nuclean asociaciones orientadas al trabajo social en poblaciones con escasos recursos materiales y niveles de ingresos por debajo de la línea de pobreza; las educativas, que encarnan una misión educativa-moralizante que erogan en la forma de talleres o cursos de formación, publicación de contenidos en revistas, etc.; y las hiper-redes, que se caracterizan por la convergencia de los múltiples actores en torno a grandes problemáticas “humanitarias” como el hambre, la pobreza, la salud, etc., poseen una proyección transnacional (dialogan con organismos multilaterales como el Banco Mundial o la FAO) e impulsan acciones basadas en la articulación público-privada, interpelando al Estado.
Las conexiones del sector agrario hacia afuera del mismo, sean de tipo comunicacional o estructural, se inician a partir de 2002-2003, marcando una nueva y diferente estrategia de posicionamiento en el tejido social. Las asociaciones de más reciente conformación (2011) corresponden a los tipos plurirepresentativos (estratégicas e hiper-redes), evidenciando la tendencia de los actores a privilegiar una organización reticular cada vez más compleja, con un horizonte y una convocatoria cada vez más amplios. En efecto, las asociaciones intrasectoriales de divulgación y promoción y las extrasectoriales muestran el interés y la ambición por incorporar a la red del agro una diversidad de actores sociales, de manera que el sector pueda alcanzar el mayor número de relaciones e instituciones sociales, impregnando la mayor cantidad de espacios (escuelas, barrios, asociaciones, templos, municipios, ministerios, etc.) y referentes sociales posibles que garanticen los canales adecuados para hacer circular información, metodologías de trabajo, valores, objetivos, etc.. En otras palabras, ilustran el movimiento más allá de la frontera del sector, donde la presencia de actores transnacionales (empresas y organismos multilaterales como el Banco Mundial, la FAO, el PNUD, la CEPAL y el BID) aparece con evidencia, sosteniendo y legitimando, desde la autoridad de sus expertos, las distintas iniciativas promovidas por las redes. Esto plantea la pregunta acerca de cómo se da esta dinámica de construcción de redes concretamente, es decir, a nivel de los actores involucrados.
Cuando se analizan las formas en que los actores del agronegocio se relacionaban con los territorios de interés, se puede observar cómo es la misma dinámica de construcción de redes la tecnología de poder que posibilita la inserción y la expansión consensuada del modelo por los distintos actores sociales presentes en un territorio. Para el caso de las redes de solidaridad impulsadas por los actores del agronegocio, este armado comprende: identificar un interlocutor con competencias consolidadas en el ámbito y en el territorio en el que se pretende intervenir (en todos los casos analizados, el Estado aparece como un interlocutor deseable); dicho interlocutor o institución local debe compartir la problemática y los supuestos que la definen, como por ejemplo, recuperar la cultura del trabajo, fomentar la educación, luchar contra el hambre y la desnutrición, erradicar el trabajo infantil, etcétera; establecer una modalidad de trabajo en conjunto que suponga una división social de tareas, donde el “trabajo en el campo” queda para la institución local; estandarizar la actividad de dicha institución, de manera tal que se fijan modalidades de hacer organizadas según los modelos empresariales (protocolización del trabajo, ordenamiento de tareas según procedimientos, búsqueda de una mayor eficiencia, entrenamiento del trabajo en equipo, rendiciones de cuentas, etc.). Eventualmente, promocionando determinados actores de la institución local, se consigue drenar las capacidades y el conocimiento de la entidad local a través de la cooptación de los mismos, resignificando parcial o totalmente su accionar precedente.
Ahora bien, las alianzas no constituyen simples conexiones sino que implican dinámicas de subordinación/dominación que se cristalizan materialmente en imposiciones de metodologías de trabajo, cooptación de colaboradores, pérdida de autonomía en la gestión de la actividad de los grupos locales, etc.. La red es más que una estructura asociativa y sus finalidades van más allá del lobbie, sus acciones e impactos son mucho más amplios respecto a un interés coyuntural a negociar ante instancias del poder legal legítimo. La red permite la construcción de un nosotros más amplio que apunta a integrar a la población en un marco común de sentidos. A través de las acciones de intervención territorial, los actores locales distribuyen capital excedente del sector del agro (en la forma de donaciones de alimentos, implementación de talleres de formación o servicios para un barrio, mejoras de la infraestructura, etc.), traduciendo lógicas y conceptos globales, incorporando material y simbólicamente a las poblaciones en las mallas de poder del agronegocio como sistema.
En los términos de los actores del agronegocio, la incorporación a una red garantiza un mayor acceso a recursos (ya no son sólo los propios sino todos los recursos de los que la red dispone) y por ende una mayor competitividad, en el marco de relaciones “horizontales” que potenciarían la competitividad del conjunto. Sin embargo, antes que horizontalidad, la red garantiza uniformidad, homogeneidad: conecta los actores por su fuerza productiva (porque es a través de la red que se produce la renta), al mismo tiempo que los conecta en virtud de saberes, discursos que contienen concepciones del trabajo, de las relaciones humanas y del sentido de la producción de riquezas que subyacen al mecanismo de construcción de alianzas. A través del mecanismo de construcción de alianzas dialogan valores y supuestos de verdad y la red es la garantía no sólo de la aceptación de los mismos, sino también de la uniformidad de los sentidos que dichos valores y supuestos de verdad adquieren. El poder de normalización de la red reside en que su malla se va anudando sobre supuestos compartidos. Para estos actores, que el mundo contemporáneo sea una gran “red de redes” y que la preocupación natural de los seres sea la de conectarse entre sí, es un supuesto no susceptible de discusión, una propiedad natural. Acceder a esta comprensión es aprehender el “modo exitoso” en que debemos relacionarnos, el modo en las cosas suceden. Estas interpretaciones circulan por la red y se resignifican en los contextos locales. Gramsci ya ha planteado la importancia del elemento pedagógico en la construcción de hegemonía. En el contexto de la sociedad del conocimiento, la tecnología de poder de la red consiste precisamente en la (re)formación de los actores que la integran. Consiste en transformar a aquellos que “no saben” en personas que saben o saben más sobre cómo funciona el mundo y la sociedad en la que viven y no sólo sobre agronegocios. Al integrarse a la red aprenden los términos en los que ese mundo debe decirse (construirse), se (re)socializan. Así, cuando actores concretos afirman que “si no es en red, no se puede”, muestran que no hay otro modo de pensar los acontecimientos por fuera del marco de la hiperconectividad. En este sentido, la red puede ser planteada como una tecnología de poder que posibilita una eficiente intervención territorial y un cercamiento de las subjetividades que quedarían atrapadas en los sentidos de su malla. Aunque los actores subordinados mantengan la ambición de transformar la realidad social, las categorías desde las que se lo proponen son las que circulan en la misma red que los atrapa.
Desde la perspectiva de los actores del agronegocio, quienes se conectan a la red colaboran entre sí bajo el supuesto del win-win (todos ganan), es decir, son actores no-antagónicos. Pero la dinámica que resulta del estudio del mecanismo de construcción de redes es otra: la alianza comprende la reducción simbólica de uno de los aliados. Para ello, el aliado reducido debe ser a priori un subordinado, es decir, el win-win se verifica cuando existe simetría entre las posiciones de poder de los aliados. Si se establece una alianza donde existe un diferencial de poder entre los actores, lo que interviene es una operación de reducción. Ésta es, precisamente, la operación por la cual se estabilizan las conexiones dentro de la red. Al incorporar la institución local en su red, la institución dominante (porque posee recursos, conocimiento, en fin, posibilidades de hacer que los locales no tienen y demandan) se fortalece, porque asimila a un Otro que le aporta estabilidad y conocimiento de su territorio, nuevas competencias específicas que remiten a lo que “sabe hacer” y a lo que “hace con lo que sabe”, nuevas conectividades aún. A la inversa, la institución local no incorpora a la dominante, sólo queda “conectada” y puede drenar recursos si y sólo si será capaz de asimilar las normas y estándares de la institución dominante que reestructuran sus prácticas a los fines de uniformar significados, procesos de trabajo y métodos.
El lugar de poder de la red debe ser leído en el marco del proceso de sojización: son los pilares involucrados en el negocio agrícola (la tecnología, el capital financiero, la gestión de la tierra y del trabajo, y, en particular, el modo de organización de la empresa-red) lo que impulsa esta modalidad extensiva a la “solidaridad en red”.
La agitación y velocidad con que las redes del agronegocio se configuran y se transforman, puede ser pensada como parte de la respuesta a la necesidad de una permanente reconstrucción de la hegemonía, donde el mercado es aquel espacio de circulación de los recursos y los bienes, pero no la condición suficiente del funcionamiento de la economía: para que el mercado funcione se necesita cohesión social, gestión de conflictos, una ecología social pacificada y uniformada según un determinado modelo de pensamiento, un “cosmos” en los términos de Weber. Para ello será necesaria la regulación moral tanto de los pobres, como de los actores que encarnan y sostienen los valores del modelo en los territorios clave para su desarrollo y profundización. En efecto, es la moralidad el horizonte de normalización en el que trabaja la red como tecnología de poder.

 


 

 

 

 

 

Filósofa (Universidad de Trento y Universidad Lyon 3). Doctora en Antropología Social (IDAES-UNSAM). Becaria Postdoctoral del Institut de Recherche pour le Développement (IRD-Francia). Investigadora del Programa de Estudios Rurales y Globalización (PERYG-UNSAM). Docente de la UNSAM (IDAES y ECyT). Coordinadora del programa de investigaciones MundoInnova – Estudios sociales de la ciencia y la tecnología en los mundos contemporáneos. Sus áreas de investigación son: estudios rurales, hegemonía y poder, grupos dominantes, estudios sociales de la ciencia y la tecnología, ciencia y tecnología en la enseñanza.

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